De pequeño yo quería ser negro. Cuando me preguntaban qué me gustaría ser de mayor, donde el resto de niños contestaba futbolista, piloto o médico, yo respondía, sin titubear, “negro”. No exagero. A menudo iba por la calle con el labio inferior doblado hacia abajo y la lengua sacada por arriba, simulando lo que yo consideraba que era la boca de mi admirada raza superior. No fue bonito cuando descubrí que tenía más opciones de ser astronauta que de cambiar mi vulgar color de piel. Y por eso soy del Liverpool.
Debía ser 1988 o 1989 cuando me encontré un partido del Liverpool en la tele. En mi compleja vida de niño de 11 años, la única liga extranjera que tenía cabida era la NBA donde, adivinaréis, era de Magic y no de Bird, de Isiah y no de Stockton, de Dominique por encima de todo. El caso es que allí apareció el Liverpool. No recuerdo prácticamente nada de ese partido, ni el rival ni el ganador. Sólo tenía ojos para un futbolista: John Barnes. Y por él soy del Liverpool.
Barnes era uno de los miles de emigrantes jamaicanos en Inglaterra, para mis infantiles ojos, verle con la camiseta roja era puro exotismo. La bendita integración racial era aún un fenómeno incipiente en las selecciones europeas, sólo la gran Holanda de Gullit y Rijkaard tenía ya un establecido carácter multiétnico. En Inglaterra, Barnes (que ya había brillado en el Watford), Viv Anderson o Des Walker eran excepciones a la regla. De hecho, mi segundo zurdo predilecto (el primero es obvio) se pasó buena parte de su carrera clamando contra el racismo mientras retiraba plátanos del césped y recibía amenazas de muerte de hinchas de su propio equipo (sí, mucha mística de Anfield, pero imbéciles hay en todas partes). Así que aquel día, en aquella tele, un negro frustrado de Moratalaz encontró equipo en Inglaterra.
Era fácil enamorarse de Barnes. Partiendo desde la izquierda, con una velocidad impropia de su tamaño y constitución, maestro de las diagonales, desborde, pase y gol, con una imaginación poco habitual en aquella liga inglesa donde el estilo predominante aún era el del tosco Arsenal de Hornby y no el de Wenger. Barnes era un fenómeno. Pero transcurridos veinte años de su etapa de plenitud, a menudo me parece que hubieran pasado cincuenta. ¿Por qué nadie parece acordarse de él? ¿Por qué hay magníficos futbolistas cuyo recuerdo se diluye sin remedio mientras otros inferiores crecen en la memoria colectiva según se alejan sus años en activo? Me desespera pensar que en unas décadas todo el mundo idealizará a Beckham y pocos celebrarán a Giggs. Y sucederá. Somos así de estúpidos.
Yo no olvido a John Barnes mientras él deambula arruinado, alternándose como técnico de tercer nivel, comentarista de televisión o activista social. Muchos años después, el Liverpool fichó al único futbolista por el que he sentido un verdadero aprecio personal, el único con el que me podía parar a charlar porque me apetecía y no por trabajo: Fernando Torres. Fue una maravillosa coincidencia que, puestos a perderle en mi Atleti, acabase en Anfield. Y disfruté como nadie de su éxito, de su consagración al más alto nivel, de aquella eliminatoria contra el Madrid, del ‘Liverpool’s number 9’… A menudo la gente da por hecho que soy red por el Niño, pero no es cierto: él se fue y yo me quedé.
No se puede decir que haya festejado un sinfín de éxitos. Ni una mísera Liga, una UEFA, cuatro Copas y aquel milagro de Estambul 2005 que vale una vida. Y aquí estoy otra vez, escuchando hablar de Rodgers como si fuera el nuevo Shankly mientras el equipo deambula por los bajos fondos, aferrándome a la fe ciega a falta de talento visible, asumiendo que la antigua grandeza queda lejos, que no hay en la plantilla un solo futbolista con el talento de la juguetona zurda de John Barnes y que nunca seré negro. Crecer es una mierda.







23 ene 2013
Posted by Fran Valero Martínez




1 Comment
Toma! Del 78 y la infancia en Moratalaz. Sólo falta que fueses a mi clase. Reconozco que me hice del Liverpool por los españoles y sobre todo por Torres. De pequeño me gustaba el Totenham. No me preguntes porque quizá por Lineker. En el 91 estuve en Londres y flipe con la diversidad cultural que aquí no había.